Thursday 19 january 2012 4 19 /01 /Ene /2012 04:32

          En la madruga­da del 17 de octubre de 1945 Ar­turo des­pertó antes del ama­necer. Fue al co­medor donde un peón atizaba el fuego en la es­tufa. La pri­mavera si­gue siendo fría en el cam­po a cien kiló­metros al sur de la ciu­dad de Bue­nos Aires.

          Del comedor Arturo pasó a la cocina, allí la jo­ven ayudan­te hizo una breve reverencia y salu­dó “buen día, Arturito”. Desde el pa­tio trayen­do gran­des ta­chos de leche en un su­lky un joven gri­tó “buen día, Ar­turito”.

          Con veintiséis años Arturo, hijo de los dueños de la es­tancia, se­guía siendo “Arturito” para el personal. Él simpatizab­a con los emplead­os y fa­vorecía ese tra­to que – se­gún le decían los ami­gos y pa­rientes – so­cavaba la auto­ridad pa­tronal.

          Al volver Arturo al come­dor ya estaban allí sus pa­dres, Eduar­do y Teófila. La mamá habló irri­tada:

          – Arturito, me tengo que ente­rar por la peo­nada, que vos te vas a Bue­nos Aires en coche. Y te vas solo, sin chofer. ¿Por qué no te vas en tren? Te pue­den acercar en el sulky a la esta­ción y en dos horas esta­rás en Constitu­ción. Re­sulta que los argenti­nos tenemos los tre­nes más puntua­les del mundo, y vos querés cansart­e y apeligrar via­jando en co­che.

          – ¿Trenes ar­gentinos? – Terció don Eduardo – In­gleses, habrás que­rido decir, son trenes in­gleses en la Ar­gentina. El día en que los fe­rrocarriles sean realmente ar­gentinos, van a salir y llegar a la hora que les de la gana.

          Arturo explicó la necesi­dad de ir en automóvil a la Capital Fe­deral. En Bue­nos Aires debía ha­cer mu­chos trámi­tes y no le al­canzaría el tiem­po si debier­a movilizarse en tran­vía, subte­rráneo y taxí­metros.

          La ma­dre insistió:

          – La radio está diciendo, de los obreros del fri­gorífico de Ave­llaneda. Quie­ren ir a Plaza de Mayo por ese tema, del Coronel Perón que está preso. Pueden levan­tar el puente del Ria­chuelo, y entonces, ¿cómo podrás llegar a Bue­nos Aires en el auto? ¿Y si hay distur­bios?

          – No pasa nada, mamá. – La calmó Arturo – Eso de Perón es un problema en­tre los mili­cos y lo arrega­rán entre ellos. Los obre­ros no cuen­tan en esa pulseada. ¡Bah! Los cau­dillos con­servadores ami­gos de Pe­rón llevarán a algunos obre­ros hasta el centro de Bue­nos Aires pen­sando que es­tán ha­ciendo la Marcha so­bre Roma. Donde hagan lío los milicos ti­rarán cuatro ti­ros al aire y los obreros volve­rán a las casas.

          Doña Teófila no se rendía:

          – ¡Arturito! Ese Perón es un peligro, soli­vianta a la gen­te, es comunist­a.

          – No, mamá, no es comunist­a. – Explicó Ar­turo – Al revés, en todo caso será facista, pero fa­cista a la argentina, fa­cista aguado como leche adulterada. Vos sabés, mamá, yo hablé varias veces con Pe­rón. Y siempre te lo digo, una cosa es lo que Perón le dice a la ne­grada, otra cuando habla con los sindica­listas y otra tam­bién dife­rente al conver­sar con gen­te decente. Perón es católico, anticomunista acérrimo y fun­damentalmente un honorable Co­ronel del Ejército Argent­ino. La guerra mundial termi­nó, los co­munistas y anarquistas van querer otra vez incordiar a los trabajadores. Sólo un tipo como Perón puede parar a esos socialistas y ácratas ateos.

          Doña Teófila no quedó tranqui­la. No obstante de­cidió cambiar de tema. Claro, también para fusti­gar al hijo:

          – Arturito, si te vas a Bue­nos Aires en auto, es para invitar a pasear a esa chi­ca judía que te mandó un montón de car­titas vía aé­rea desde Europa y justa­mente ahora está de vuel­ta. Por fa­vor, apiadáte de madre, no me digas que te vas a casar con un ju­día.

          Arturo rió diver­tido, respond­iendo:

          – Mamá, “esa chica judía” se llama Débora, es una buena amiga, de bue­na familia. El papá de Débo­ra que es un im­portante hombre de ne­gocios. Ape­nas se enteró de la termin­ación de la guerra en Euro­pa fue allá para asegurar la ven­ta de los productos argentinos del campo. Dé­bora acompañó al papá. ¿Qué querés que haga una mu­jer jo­ven en medio de un continen­te en ruinas? Se dedicó a mandar cartas a to­dos los amigos. Eso es todo.

          Doña Teófila habló como para sus aden­tros:

          – Y bueno. Si es de buena fa­milia y el papá es un adinera­do hombre de ne­gocios, que se yo … Ya es hora de que te cases, Ar­turito, tenés veintiséis años. Si la mu­chacha te gus­ta, bue­no, al menos en algo no tendrás pro­blemas, di­cen que las judías son las mejores … las mejo­res en eso … bue­no, son las me­jores en la cama. Así no andarás chi­neando, como tantos de tus amigos casa­dos.

          Don Eduardo miró sobresalt­ado a su espo­sa:

          – ¡Teófila! ¿Vos que sabés de eso?

          La mujer simuló enojo:

          – Tenés que re­cordar, Eduar­do, que yo me pasé la vida ha­ciendo obras de caridad, dando albergue a mujeres de la vida, ayudánd­olas vol­ver a Dios. Por su­puesto, pasé días ente­ros ha­blando con ellas. Te asegu­ro, Eduar­do, yo sé cosas, vi co­sas, hice co­sas, que vos, ¡tan galli­to que te creés!, ni te imaginás.

          Arturo puso ojos de pen­sar y habló:

          – Mamá, yo le hablé a Pe­rón de vos, quiere conoc­erte. Cuando él sea Presi­dente de la Nación ten­drá personas como vos, ca­paces de ayu­dar a los más desposeídos. Pe­rón sólo pre­tende evitar que ven­gan los comunistas y piensa que lo mejor es darle una mano a po­brerío, así no caerán en las garras de esos forajidos sin dios, ni pa­tria, ni ban­dera.

          Doña Teófila miró al hijo con la mirada de quién a visto al diablo:

          --¿Yo con Pe­rón? No, no, Ar­turito, antes de cambiar una palabra con Pe­rón, prefiero mil ve­ces que vos te cases con una judía y que yo tenga nietos nari­gones.

          Después del desayuno Artur­o subió al auto­móvil. De ese viaje Arturo di­ría más adelan­te: “Al pa­sar el puente sobre el Riachuelo vi solda­dos custo­diando. En el centro de Bue­nos Aires todo estaba normal, salvo algunos cabecitas ne­gras mirando con curio­sidad las vi­drieras, mien­tras la gente miraba con curiosidad a los cabecitas negras.”

          Tras gestiones en bancos y aseguradoras, visi­tar al conta­dor y al aboga­do, Ar­turo se en­contró con Dé­bora en la confitería El Molino, en la es­quina de Avenida de Mayo y Ca­llao, frente al edificio del Congreso Nacional. Ha­blaron del viaje a Europa y concluyeron plati­cando sobre la reali­dad argenti­na. Débora dijo:

          – Quedáte tran­quilo, gobiern­en los radica­les, los conser­vadores o Pe­rón, siempre necesitar­án de las vacas gor­das y del tri­go que pro­duce tu fami­lia, y tam­bién necesita­rán de ti­pos como mi viejo que les hagan los nego­cios en Europa. Porque los gobernan­tes, sean quie­nes fueren, si hay algo que nunca sabrán hacer, es pro­ducir y ven­der lo producido. ¿Y el po­brerío? Me da la impre­sión que Perón sabe bien como ma­nejarlos, para provecho de todos.

          Arturo pensó: “Rebeca es una tipa hermosa, elegan­te y fun­damentalmente tiene ideas muy claras. No sería tan mala idea hacer que mi mamá tenga nietos narigo­nes.”

Por Norberto Tesy Wernicke - Publicado en: Cuentos breves
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Perfil

  • Norberto Tesy Wernicke
  • El sitio en la web de Aida y Norberto
  • Hombre
  • Argentina Misiones Posadas (nordeste argentino)
  • Algo de loco también. algo de niños tenemos un poco
  • De profesión, soy abogado, tasador. De vocación, soy escritor y - según dicen mi familia y mis amigos - ermitaño. Tengo 64 años, mi esposa se llama Aida Zunilda Bogado, y mis hijos Alberto y Daniel. Soy feliz. ¿Que más quiero?
  • 8/12/1946
  • Casado/Pacsado/Unión libre

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