Comparte el artículo Vida y obra de Carlos Furcio: El relato fue escrito mil y una veces, en diversos idiomas ...
El relato fue escrito mil y una veces, en diversos idiomas, repetidamente desde el origen de los tiempos. Lo leyeron, comentaron y anotaron, cada cual a su manera. Yo lo reescribo ahora, a mi modo, casi como un rito.
Carlos Furcio salió de su casa en la mañana. Al traspasar la puerta la pequeña hija del vecino dijo:
– ¿Vio anoche el concurso de televisión? Que terrible. ¿Cómo es posible, la participante Malena Queimada quedó eliminada, siendo que hizo todos los saltos en el menor tiempo?
Sin responder a las preguntas, Carlos Furcio a su vez interrogó a la nena:
– ¿Vos no deberías estar ahora en la escuela?
La vecinita hizo un mohín y respondió:
– La maestra faltó, decidió quedarse en su casa. Dijo que debía discutir a los gritos con el marido sobre el concurso de la televisión y la eliminación de los participantes.
Carlos Furcio saludó a la pequeña. En la esquina esperó el colectivo. No venía. El bueno del quiosquero, al verlo impaciente por la demora, explicó a Carlos Furcio:
– El colectivo no pasa más por esta calle. Avisaron hace un rato. La empresa de los colectivos consideró insuficientes las ganancias y decidió circular únicamente por la avenida. ¡Bah! No debemos pensar en estos ajustes en beneficio de la empresa. Menos ahora, cuando el Tintorero Enmascarado reemplazará a Malena Queimada en el concurso de la televisión. Malena Queimada no sabe saltar, la eliminaron correctamente. ¿Qué opina usted del concuso de televisión?
Carlos Furcio respondió:
– Yo no miro el concurso de la televisión. Por lo tanto, me es imposible responder.
El quisoquero lo miró confundido:
– ¿No mira usted el concurso de la televisión? ¿Y qué hace, entonces, a la noche?
Carlos Furcio explicó:
– Leo un libro, en ocasiones lustro los zapatos, converso con mis hijos.
El quiosquero replicó con creciente asombro y una pizca de enojo:
– ¿Y para leer un libro, deja usted de mirar el concurso de televisión? ¿Y, qué necesidad tiene de conversar con los hijos? ¿Acaso sus hijos no pueden conversar solos, entre ellos? Y lo de lustrar los zapatos, me imagino, es una broma, caso contrario sería imperdonable. ¡Abandonar el concurso de televisión por lustrar los zapatos! Míreme, hace meses ando con el calzado sucio, no tengo tiempo de ocuparme de zapatitos, cuando el Tintorero Enmascarado está ingresando en el concurso de televisión.
Carlos Furcio saludó al quisquero. Fue caminando. En la parada de colectivos de la avenida se arremolinaba la gente, eran unas cien personas hablando acaloradamente. Carlos Furcio aprovechó el corto silencio de una señora anciana y preguntó:
– ¿Toda esta gente espera el colectivo?
La mujer anciana sonrió satisfecha:
– Si. Todos esperamos el colectivo. Pero no viene ni vendrá. La empresa decidió lograr grandes ganancias, concentró todas las líneas de colectivos en esta avenida y disminuyó el número de frecuencias. Por ese motivo hoy a la madrugada circulaban sobre el puente del río, a unas cuadras de aquí, cinco colectivos juntos. Resulta que el municipio, la provincia y la nación, se olvidaron durante veinticinco años de hacer mantenimiento al puente. Éste no resistió el peso de tantos colectivos colmados. Se derrumbó el puente, cayeron al torrente todos los pasajeros. Además la empresa de electricidad hace mucho tiempo eliminó la iluminación artificial en el puente y en la semioscuridad otro colectivo chocó con una columna, se incendió y murieron la mayoría de los pasajeros. Entre los caídos al agua y los quemados, dicen que hubo seiscientos pasajeros muertos, otros hablan de ochocientos y aun más, pero nunca se sabrá el número de fallecidos porque la empresa de colectivos, para llevar al máximo las ganancias, permite subir gente hasta quedar apelmazados de apretadas que van. Y habilitó los techos de los colectivos, allí viajan decenas de personas paradas, también se ubican en los estribos y paragolpes, o se cuelgan de los espejos retrovisores.
– ¡Qué espanto, es espeluznante! – Exclamó Carlos Furcio.
La mujer anciana asintió y siguió hablando:
– Tiene razón. Yo ya lo dije anoche. Es una gran injusticia el reemplazo de Malena Queimada por le Tintorero Enmascarado. ¡Habiendo tantos concursantes mejores! Por ejemplo, el Pedicuro Chino y Juliana Hortaliza.
Carlos Furcio volvió al accidente:
– ¿No llegaron los bomberos y las ambulancias para auxiliar a los caídos al río y quemados?
La mujer trató de hacer memoria, finalmente respondió:
– No lo había pensado. Probablemente la presencia de bomberos y ambulancias habría permitido salvar a algunos, o muchos, accidentados. Pero no. No vinieron y es razonable. Habrán mirado el concurso de televisión hasta tarde en la noche y a la madrugada no oyeron los despertadores. O se quedaron dormidos en los puestos de trabajo. Pobre gente.
– Si, pobre gente. – Afirmó Carlos Furcio y subrayó:
-- Morir así, ahogados y quemados.
La anciana miró a Carlos Furcio con rostro de reprimenda:
– No, señor. Me refería a los bomberos y a las dotaciones de las ambulancias. Decía, pobre gente, ellos también tienen derecho a mirar el concurso de televisión. Es inhumano exigirles cumplir con sus deberes. Pero dígame, señor, si, tal como yo pienso, el Tintorero Enmascarado es malísimo en el baile de la soga y no debería estar en el concurso, ¿verdad?
Carlos Furcio dijo, resignadamente:
– Soy incapaz de responder. No miro el concurso de televisión. La mujer abrió la boca, la cerró, tragó saliva y recién pudo hablar:
– ¿Como? ¿No mira el concurso? – Quiso decir algo más, pero la angustia se lo impidió. Dio media vuelta y se perdió entre la multitud.
Carlos Furcio entendió que carecía de sentido esperar el colectivo. Justo atinó a pasar un taxi vacío. Lo llamó, el taxi paró, Carlos Furcio subió y así llegó rápidamente al trabajo.
Carlos Furcio recorrió las oficinas. Estaban vacías. A pesar de ser la hora de ingreso del personal, ningún otro empleado estaba. Tomó asiento frente a su escritorio e inició las tareas del día.
Tras largo rato comenzaron a llegar los compañeros de trabajo. Estaban discutiendo en grupos acalorados. Una mujer coqueta se acercó a Carlos Furcio, lo saludó cordialmente, tomó asiento frente al escritorio adyacente mientras decía:
– Estoy feliz de trabajar en esta empresa. Hay otro nivel. El común de la gente está chusmeando respecto de ese espantoso concurso de televisión con participantes de nombres estrafalarios, el Tintorero Enmascarado, Malena Tostada, o Quemada, no me acuerdo, Juliana Berenjena o algo así. En cambio en esta empresa llegamos tarde porque nos quedamos viendo hasta casi la madrugada el reality show que se transmite después del concurso. Es otra cosa. ¡Notable nivel! Los participantes se llaman Jennifer Smith, Anne Mary Dillinger, John Patricks y hasta hay uno de apellido francés. Decíme, Carlos, ¿no te pareció que Margarette aparentó conspirar con Willie contra Norah y Max, pero está enamorada del mono que tienen enjaulado?
Carlos Furcio irguió ligeramente los hombros:
– No se. Yo no miro el reality show.
– ¿Y que mirás? ¿El concurso de televisión? – Inquirió la coqueta mujer, recibiendo por respuesta:
– No, tampoco miro el concurso de televisión.
Cuando escuchó eso, la coqueta mujer se levantó del asiento y fue hacia dónde varios empleados discutían aun, mientras balbuceaba con terror: “¿Y que hace, entonces, Carlos, de su vida?”. La mujer dijo algo en voz baja a los empleados y todos miraron a Carlos Furcio. Ninguno le dirigió más la palabra a Carlos Furcio.
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