Thursday 24 november 2011 4 24 /11 /Nov /2011 22:00

          El relato fue escrito mil y una veces, en diver­sos idiomas, repetida­mente des­de el ori­gen de los tiem­pos. Lo leyeron, comentaron y ano­taron, cada cual a su ma­nera. Yo lo reescri­bo ahora, a mi modo, casi como un rito.

          Carlos Furcio salió de su casa en la ma­ñana. Al traspasar la puerta la peque­ña hija del vecino dijo:

          – ¿Vio anoche el concurso de televisión? Que terrible. ¿Cómo es posible, la partici­pante Malena Quei­mada quedó eliminada, sien­do que hizo todos los saltos en el menor tiempo?

           Sin responder a las pregun­tas, Carlos Furcio a su vez interro­gó a la nena:

          – ¿Vos no deberías estar aho­ra en la es­cuela?

        La vecinita hizo un mohín y respondió:

          – La maestra faltó, decidió quedarse en su casa. Dijo que de­bía dis­cutir a los gritos con el marido so­bre el concurso de la televi­sión y la elimi­nación de los partici­pantes.

          Carlos Furcio salu­dó a la pe­queña. En la es­quina esperó el co­lectivo. No ve­nía. El bueno del quios­quero, al verlo impa­ciente por la de­mora, ex­plicó a Carlos Furcio:

          – El colectivo no pasa más por esta ca­lle. Avisaron hace un rato. La empresa de los colectivos consi­deró insuficientes las ganan­cias y decidió circu­lar únicamente por la ave­nida. ¡Bah! No debemos pensar en estos ajustes en beneficio de la empre­sa. Menos ahora, cuando el Tintorero Enmascarado reemplazará a Male­na Queima­da en el concurso de la televisión. Malena Queimada no sabe saltar, la eliminaron correc­tamente. ¿Qué opina us­ted del con­cuso de televi­sión?

          Carlos Furcio res­pondió:

          – Yo no miro el con­curso de la televisión. Por lo tanto, me es impo­sible res­ponder.

          El quisoquero lo miró confun­dido:

          – ¿No mira usted el concurso de la tele­visión? ¿Y qué hace, enton­ces, a la noche?

          Carlos Furcio expli­có:

          – Leo un libro, en ocasiones lustro los zapa­tos, converso con mis hi­jos.

          El quiosquero repli­có con cre­ciente asombro y una pizca de eno­jo:

          – ¿Y para leer un li­bro, deja usted de mi­rar el concurso de televis­ión? ¿Y, qué necesid­ad tiene de conversar con los hi­jos? ¿Aca­so sus hijos no pueden conversar solos, entre ellos? Y lo de lustrar los zapa­tos, me imagino, es una broma, caso con­trario sería imper­donable. ¡Aban­donar el concurso de televisión por lustrar los zapa­tos! Míreme, hace meses ando con el calza­do sucio, no tengo tiem­po de ocuparme de zapa­titos, cuando el Tintorero Enmasca­rado está ingresando en el concurso de televisión.

          Carlos Furcio salu­dó al quis­quero. Fue ca­minando. En la pa­rada de colectivos de la avenida se arre­molinaba la gente, eran unas cien personas hablando acalora­damente. Car­los Furcio aprove­chó el corto si­lencio de una señora anciana y pregunt­ó:

          – ¿Toda esta gente espera el colectivo?

          La mujer anciana sonrió sa­tisfecha:

          – Si. Todos espera­mos el co­lectivo. Pero no viene ni vendrá. La em­presa deci­dió lo­grar gran­des ga­nancias, concentró todas las lí­neas de colecti­vos en esta aveni­da y dis­minuyó el número de fre­cuencias. Por ese motivo hoy a la madrugada circu­laban sobre el puente del río, a unas cuadras de aquí, cinco colecti­vos jun­tos. Result­a que el munici­pio, la provincia y la na­ción, se olvidaron durante veinticinco años de hacer mantenimiento al puente. Éste no re­sistió el peso de tantos colectivos colma­dos. Se de­rrumbó el puente, caye­ron al torren­te todos los pasaje­ros. Además la empresa de electrici­dad hace mucho tiempo eliminó la ilumina­ción artifi­cial en el puente y en la semioscuridad otro co­lectivo chocó con una columna, se incen­dió y murieron la mayoría de los pasaje­ros. Entre los caí­dos al agua y los que­mados, dicen que hubo seiscien­tos pasaje­ros muertos, otros hablan de ochocientos y aun más, pero nun­ca se sabrá el nú­mero de fallecidos porque la empre­sa de co­lectivos, para llevar al má­ximo las ganancias, per­mite subir gente hasta quedar apelmaza­dos de apretadas que van. Y ha­bilitó los techos de los colectiv­os, allí via­jan dece­nas de personas paradas, también se ubican en los estri­bos y paragolpes, o se cuelgan de los espejos retrovi­sores.

          – ¡Qué espanto, es espeluz­nante! – Ex­clamó Carlos Furcio.

          La mujer anciana asintió y si­guió hablan­do:

          – Tiene razón. Yo ya lo dije anoche. Es una gran injusticia el re­emplazo de Malena Queimada por le Tintorero Enmasca­rado. ¡Ha­biendo tantos concursantes mejores! Por ejem­plo, el Pedicuro Chino y Juliana Hortaliza.

          Carlos Furcio volvió al acci­dente:

          – ¿No llegaron los bomberos y las ambu­lancias para auxiliar a los caí­dos al río y que­mados?

          La mujer trató de hacer me­moria, final­mente respondió:

          – No lo había pen­sado. Pro­bablemente la presencia de bomber­os y ambulan­cias ha­bría per­mitido salvar a algunos, o muchos, acci­dentados. Pero no. No vinie­ron y es ra­zonable. Habrán mirado el concurso de televisión hasta tarde en la noche y a la madruga­da no oyeron los des­pertadores. O se quedaron dormidos en los puestos de trabajo. Po­bre gente.

          – Si, pobre gente. – Afirmó Carlos Furcio y su­brayó:

          -- Morir así, ahogados y quema­dos.

          La anciana miró a Carlos Fur­cio con ros­tro de reprimenda:

          – No, señor. Me re­fería a los bomberos y a las dotaciones de las am­bulancias. De­cía, po­bre gente, ellos también tie­nen derecho a mirar el concurso de televisión. Es inhu­mano exigir­les cum­plir con sus debe­res. Pero dígame, se­ñor, si, tal como yo pienso, el Tinto­rero Enmas­carado es ma­lísimo en el baile de la soga y no debería estar en el concurso, ¿ver­dad?

          Carlos Furcio dijo, resignada­mente:

          – Soy incapaz de responder. No miro el con­curso de televi­sión. La mujer abrió la boca, la ce­rró, tragó sa­liva y recién pudo ha­blar:

          – ¿Como? ¿No mira el con­curso? – Qui­so decir algo más, pero la angustia se lo impi­dió. Dio media vuelta y se perdió entre la multi­tud.

          Carlos Furcio en­tendió que carecía de sentido esperar el colecti­vo. Justo atinó a pasar un taxi vacío. Lo lla­mó, el taxi paró, Car­los Fur­cio subió y así llegó rápidam­ente al tra­bajo.

          Carlos Furcio reco­rrió las ofici­nas. Esta­ban vacías. A pesar de ser la hora de ingre­so del perso­nal, nin­gún otro empleado estaba. Tomó asiento frente a su escrito­rio e ini­ció las tareas del día.

          Tras largo rato co­menzaron a llegar los compañeros de traba­jo. Estaban dis­cutiendo en grupos aca­lorados. Una mujer coqueta se acer­có a Carlos Furcio, lo sa­ludó cordial­mente, tomó asien­to frente al escrito­rio ad­yacente mientras decía:

          – Estoy feliz de tra­bajar en esta empre­sa. Hay otro nivel. El co­mún de la gente está chusme­ando respecto de ese es­pantoso con­curso de tele­visión con participan­tes de nom­bres estrafalarios, el Tintorero Enmascarado, Malena Tostada, o Quemad­a, no me acuer­do, Ju­liana Berenjena o algo así. En cambio en esta empresa llega­mos tarde porque nos que­damos viendo hasta casi la ma­drugada el rea­lity show que se transmite después del concur­so. Es otra cosa. ¡Notable nivel! Los participan­tes se llaman Jennifer Smith, Anne Mary Dillin­ger, John Patricks y hasta hay uno de apellido francés. Decíme, Carlos, ¿no te pareció que Marga­rette aparentó conspirar con Willie contra Norah y Max, pero está enamorad­a del mono que tienen en­jaulado?

          Carlos Furcio irguió ligera­mente los hom­bros:

          – No se. Yo no miro el reality show.

          – ¿Y que mirás? ¿El concurso de televi­sión? – Inquirió la co­queta mujer, reci­biendo por res­puesta:

          – No, tampoco miro el concur­so de televi­sión.

          Cuando escuchó eso, la co­queta mu­jer se levan­tó del asiento y fue hacia dón­de va­rios emplea­dos discutían aun, mientras bal­buceaba con terror: “¿Y que hace, en­tonces, Carlos, de su vida?”. La mujer dijo algo en voz baja a los emplea­dos y to­dos miraron a Carlos Fur­cio. Nin­guno le di­rigió más la pa­labra a Car­los Fur­cio.

Por Norberto Tesy Wernicke - Publicado en: Cuentos breves
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  • Norberto Tesy Wernicke
  • El sitio en la web de Aida y Norberto
  • Hombre
  • Argentina Misiones Posadas (nordeste argentino)
  • Algo de loco también. algo de niños tenemos un poco
  • De profesión, soy abogado, tasador. De vocación, soy escritor y - según dicen mi familia y mis amigos - ermitaño. Tengo 64 años, mi esposa se llama Aida Zunilda Bogado, y mis hijos Alberto y Daniel. Soy feliz. ¿Que más quiero?
  • 8/12/1946
  • Casado/Pacsado/Unión libre

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